Contra las falsas expectativas

Hacía tiempo que no leía un artículo periodístico tan franco como el que hoy publicó el diario mexicano La Jornada.

Tal vez la nota de Ángeles Cruz Martínez suene demasiado cruda o pesimista, porque se refiere a la situación empantanada de la ciencia, aún cuando está por cumplirse un siglo desde el descubrimiento de Alois Alzheimer. Pero justamente…

… La reseña es meritoria porque, además de aportar datos concretos e interesantes, tiene el tino de evitarles falsas expectativas a sus lectores. Y esto, sin dudas, vale mucho más que cualquier gacetilla de prensa esperanzada pero con información distorsionada o -peor aún- tergiversada.

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Escalera al infierno

A menudo reviso las estadísticas del blog y encuentro que muchos visitantes recorren estas páginas en busca de algún texto que les revele los últimos días de una víctima de Alzheimer. No los culpo. Cuando mi viejo estaba mal, yo también me preguntaba hasta cuándo se prolongaría la enfermedad, qué otras sorpresas nos depararía, cuánto más se ensañaría con un cuerpo abatido, absorbido, condenado.

Ante cada internación, ante cada traslado, ante cada intervención médica, deseé que mi padre muriera. Les rogué a Dios y a María Santísima que se lo llevaran, que lo rescataran de tanto sufrimiento, que le devolvieran cierta paz. A él, y a quienes lo acompañamos.

En aquella época, los doctores solían hablar de los “escalones” de la enfermedad, y yo imaginaba a mi papá descendiendo a un inmerecido infierno.

Escalón 1: pierde la memoria inmediata.
Escalón 2: desconoce parámetros espacio-temporales.
Escalón 3: no reconoce a su entorno.
Escalón 4: se convierte en presa de delirios de persecución.
Escalón 5: desarrolla una conducta agresiva.
Escalón 6: manifiesta dificultades de comunicación.
Escalón 7: deja de controlar esfínteres.
Escalón 8: pierde movilidad.
Escalón 9: no distingue gustos ni olores.
Escalón 10: enfrenta problemas de deglución.
Escalón 11: presenta un cuadro de desnutrición crónica.
Escalón 12: se alimenta únicamente por sonda naso-gástrica.

Mi padre falleció antes de pisar al escalón 13, estadio en que el paciente no soporta más la sonda naso-gástrica, y entonces hay que recurrir a la cirugía para “incrustarle” un tubo directamente conectado al aparato digestivo, lo cual permite pasarle la alimentación debidamente procesada.

Tarde pero seguro, Dios y María Santísima se apiadaron. El descenso al infierno se interrumpió y -por fin- todo el dolor, todo el sufrimiento, todas las miserias se desmoronaron como escalones derrumbados.