Las fauces de la locura

Quienes de una u otra manera enfrentamos el mal de Alzheimer conocemos el reverso oscuro de la salud mental. Desde nuestra experiencia, nos asomamos al rostro de la enajenación, y podemos imaginar la travesía dantesca que impone cualquier tipo de locura: paranoia, esquizofrenia, depresión, por nombrar las ”estaciones” más difundidas.

Las víctimas de Alzheimer suelen presentar síntomas paranoides, esquizoides y/o depresivos que varían en función de la personalidad de cada paciente, de la medicación que esté tomado (entiéndase medicación psiquiátrica) y de la etapa de la patología que esté atravesando. En cualquier caso, quienes acompañamos al enfermo nos topamos con situaciones inmanejables, por momentos desesperantes.

En el caso de mi padre, las alucinaciones visuales y auditivas se encontraban a la orden del día. El hecho de hablar con personas inexistentes y de realizar gestos y movimientos fuera de contexto constituía la prueba irrefutable de una enajenación por partida doble: en efecto, mi viejo no sólo se había convertido en otra persona (persona “ajena” a nuestra vida en común y a nuestros recuerdos); sino que con el paso del tiempo iba sumergiéndose en un mundo distinto y distante (”ajeno” a nuestra cotidianeidad, incluso a nuestra realidad).

Mientras duró este vía crucis, varias veces me pregunté si no habría sido más “fácil” lidiar con una enfermedad física. Con esto nunca pretendí menospreciar o relativizar el sufrimiento de quienes tienen a un ser querido con cáncer, por ejemplo. Sólo se me dio por pensar que al menos en esas circunstancias existe la posibilidad de acompañar realmente al paciente, de mantener un vínculo de diálogo, comprensión, reciprocidad.

En cambio, la enfermedad mental nos priva de ese “lujo”. En el mejor de los casos, nos concede la gracia de estar cerca, de entablar una comunicación básica, rudimentaria. Pero no mucho más. De ahí que la sensación de pérdida sea anterior a la pérdida concreta, es decir a la muerte misma. De ahí que en ocasiones la pena se convierta en terror de caer -nosotros también- en las fauces de la locura.

La elocuencia de las imágenes

Hace algunos días nos referimos a la conveniencia de realizar una consulta médica cuando nos asalta alguna duda sobre la enfermedad de Alzheimer, y especialmente cuando detectamos las 10 alertas detalladas por el Instituto de la Memoria. También mencionamos al pasar algunos de los estudios solicitados por los profesionales de la salud, ante la sospecha de demencia senil. Entre ellos, las tomografías computadas y/o resonancias magnéticas.

En general, el diagnóstico por imagen indica el daño sufrido por el cerebro de quien padece demencia senil. Tal como muestra la ilustración de la izquierda, existe una clara diferencia de tamaño y densidad entre una persona sana y una enferma. Además, a medida que el mal avanza, las dimensiones siguen disminuyendo de manera evidente.

Gracias a esta imagen, podemos comprender mejor porqué las capacidades cognitivas y perceptivas del paciente se ven progresivamente reducidas. También queda demostrado porqué el proceso resulta, lamentablemente, irreversible.

Las 10 alertas

Entre los visitantes de este blog muchos suelen preguntarse qué hacer para detectar los síntomas del Mal de Alzheimer. En principio, el diagnóstico médico se basa primero en la historia y en la observación clínica del paciente. Después vienen los exámenes más complejos, como las pruebas de memoria y de rendimiento intelectual, los análisis de sangre y las tomografías computadas y/o resonancias magnéticas.

Ante la menor duda, siempre conviene consultar con un médico clínico, un gerontólogo o un neurólogo. Sin embargo, antes de acudir a un consultorio, en casa bien podemos prestarles atención a los “10 signos de alarma” que sirven para reconocer la posibilidad de un caso de demencia senil.

A continuación, la transcripción de los indicadores. Ojalá les sirva.

1.- Pérdida de memoria que afecte a la capacidad laboral o al desenvolvimiento cotidiano.
2.- Dificultad para llevar a cabo tareas domésticas.
3.- Problemas con el lenguaje.
4.- Desorientación en tiempo y lugar.
5.- Juicio intelectual pobre o disminuído.
6.- Dificultades con el pensamiento abstracto.
7.- Aparición de objetos colocadas en lugares erróneos.
8.- Cambios bruscos en el humor o en el comportamiento.
9.- Cambios en la personalidad.
10.- Pérdida de iniciativa.

 Vía Instituto de la Memoria.