En el nombre del hijo

Paradójicamente (o no), este blog fue creado por la hija de un enfermo de Alzheimer -quien suscribe- y sin embargo hasta hoy no posee ningún artículo específico sobre las repercusiones de la patología en estos términos parentales. Es más. Existe un post sobre el síndrome del cuidador, otro sobre la experiencia del cónyuge pero, en cambio, ninguno que aborde especialmente la cuestión filial.

Mientras la paradoja es evidente; la ausencia de paradoja es apenas explicable. Por lo pronto, éste es un primer intento después de transcurrido el tiempo necesario para reconocer el alcance del mal, las secuelas de una amenaza que juega con nociones de genética, de herencia, de transmisibilidad.

Para muchos, ser hijo de un enfermo de Alzheimer significa llevar el Alzheimer en la sangre, en el cuerpo o, peor aún, en la cabeza. Como si la naturaleza nos hubiera diseñado para que -tarde o temprano- nuestro cerebro empiece a incorporar (a copiar) fallas, síntomas, taras, conductas del progenitor afectado.

Para muchos, ser hijo de un enfermo de Alzheimer supone la tarea de lidiar casi a diario con temores referidos a un futuro anclado en el pasado, a la posible repetición de una experiencia que -aún cuando termina- sigue respirándonos en la nuca.

Para muchos, ser hijo de un enfermo de Alzheimer es sinónimo de exigencia. Exigencia que consiste en asistir a nuestro padre/madre mientras padece el mal. Exigencia que consiste en mantener la cordura aún cuando a veces nos sentimos mordidos por las fauces de la locura. Exigencia cuando, ante la despersonalización de nuestro padre/madre, debemos buscar la manera de rescatar -en el peor de los casos restaurar o reconstruir- recuerdos.

Para muchos, ser hijo de un enfermo de Alzheimer encierra un gran sentimiento de culpa. Culpa por decidir, consentir, fundamentar, impulsar la idea de una internación en una última morada que (¿hace falta aclararlo?) no es el hogar familiar. Culpa por pensar en la muerte como salvación única y final. Culpa por querer olvidar lo inolvidable.

Para mí, ser hija de un enfermo de Alzheimer es todo eso y mucho más. Por lo pronto, también es pelearse con los médicos; luchar por una sobrevida dignaalertar a los pares; es apostar a la esperanza; honrar a la memoria. Es, por supuesto, seguir manteniendo este blog… en nombre de la imprescriptible condición filial.