173 películas

Distintos medios que cubren el Festival de Berlín elogiaron hoy la película Nader y Samín del iraní Asghar Farhadi. La promoción de esta ficción sobre una pareja que entre otros problemas debe enfrentar el Alzheimer de un familiar (más información aquí) invita a repasar las consideraciones vertidas en este viejo post.

Efectivamente, en 2006 señalamos la escasez de largometrajes con algún personaje enfermo “de demencia senil”, y en la mayoría de ellos “las referencias superficiales, más cercanas al estereotipo de la persona gagá o perdida que a la cruda realidad”. Cinco años después, las cosas parecen haber cambiado al menos en términos de cantidad.

La completísima base de datos IMDb contabiliza 173 títulos relacionados con el Alzheimer: 50 producidos exclusivamente para televisión, 43 cortos y 80 largometrajes. De estos últimos, un tercio se filmó entre 2007 y 2010.

Por las dudas, cabe aclarar que la mayoría de estos trabajos apenas roza la problemática del Alzheimer (con personajes secundarios o con simples alusiones verbales). No obstante, el aumento registrado en los últimos tres años sugiere que 1) una difusión más extendida de la enfermedad penetra la pantalla grande; 2) son más los guionistas, directores, productores atentos al tema.

Si ésta es la tendencia, podemos pensar en el cine como en otra herramienta de concientización. Con una mirada tal vez más sensible o artística, documentales y ficciones pondrían su granito a la arena ya aportada por diarios, revistas, radio y TV.

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PD. La foto que ilustra el presente post muestra a Judi Dench en Iris. Sin dudas, la actriz inglesa ofrece una de las mejores interpretaciones de alguien con Alzheimer.

Exorcizar el inconsciente

Pasó más de un lustro desde el fallecimiento de mi padre y sin embargo, cuando sueño con él, suelo soñarlo enfermo. No tan seguido como durante el año posterior a su deceso pero sí con igual intensidad. También con las mismas imágenes de anciano huesudo, delirante, perdido, y con una pregunta-letanía a modo de voz en off: “¿no estaba muerto?”.

A lo mejor este post consigue exorcizar mi inconsciente. Mi viejo era un tipo con sentido del humor, generoso, compañero. No entiendo porqué vuelvo a enfermarlo cuando duermo.

Por alguna razón, rara vez lo veo institucionalizado (es curioso porque vivió en un geriátrico los cuatro últimos años de vida). Más bien lo sorprendo a la deriva, en la vía pública o en alguna casa (a veces conocida, a veces inventada).

Dicho esto, uno de los sueños más angustiosos lo mostró atado de pies y manos a una especie de tomógrafo alojado en una clínica lúgubre de azulejos verdes. Parecía crucifijado. Balbuceaba palabras inconexas que yo interpretaba como pedido de clemencia (quizás me inspiré en esta vieja anécdota).

En la vigilia evoco y resucito a mi viejo cuando estaba sano. Repito expresiones recurrentes que terminé haciendo mías y cuento episodios de mi infancia donde fue, y seguirá siendo, protagonista indeleble.

Algunas noches, Don Luis vuelve a mí con el Alzheimer a cuestas. Juntos componen a un extraño conocido sin cura ni descanso. Sin derecho a la liberación que a veces algunos creemos vislumbrar en la enigmática muerte.

Identikit del cuidador

A falta de estadísticas nacionales, nos permitimos transcribir los datos principales de una suerte de identikit del cuidador que el diario español El Mundo publicó el mes pasado. El informe difunde los resultados del “primer estudio” realizado en la Madre Patria sobre el estado emocional y físico de estas personas tras el fallecimiento de su allegado enfermo.

 El 88% de los cuidadores son mujeres.

 El 60% son hijos.

 El 40% son cónyuges.

 El 52% es mayor de 60 años.

 El 72% no trabaja fuera del hogar.

 Dedican un promedio de 18 horas diarias durante seis años.

 Tras la muerte del enfermo, el 30% sigue tomando fármacos para la ansiedad y la depresión. Sin embargo, el 54% de los encuestados se muestra satisfecho y afirma que volvería a ejercer su función de cuidador.

 Si bien la salud de los ex cuidadores es mejor que la de los cuidadores activos, es peor que la de la población general.

 A nivel físico, son frecuentes las migrañas, los dolores de espalda, las palpitaciones, el insomnio. A nivel psíquico, son recurrentes los sentimientos de culpabilidad, ansiedad y los síntomas de depresión.

 El duelo empieza antes del fallecimiento, cuando el enfermo comienza a aislarse.

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