“A la pucha” contesta mi tía cuando señalo algo que le pasa inadvertido. La expresión viaja por teléfono desde su casa en Resistencia hasta la mía en Buenos Aires. También llega desde un tiempo lejano porque, mientras vivió, mi padre (es decir su hermano) solía acotar “a la pucha” ante un comentario que lo sorprendía.
Tras la fatalidad del Alzheimer, por momentos siento haber heredado la memoria que él perdió, recuerdos que maravillan. Por lo pronto, desde que mi padre falleció (casi siete años atrás) y hasta la conversación telefónica de la semana pasada, nunca reparé en la pertinencia, el tono, la frecuencia de aquella entrañable expresión.
Así, la enfermedad del olvido retrocede un casillero.
A la pucha.



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Maria, me encantó tu comentario y mientras te escribo todavía estoy sonriendo.
Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.
Por: Diana el 23 enero 2012
a las 10:36 pm
Qué grande, Diana. Qué grande, Serrat.
Por: María Bertoni el 23 enero 2012
a las 10:40 pm