En nombre del imperativo preventivo, la tentación del pronóstico apresurado

- Yo le sugiero que consulte cuanto antes con un neurólogo. Es probable que la depresión de su madre sea el inicio de un proceso demencial.
– ¿Qué le hace pensar eso, doctora?
– Los temblores que le observo a veces y la edad.
– ¿Los temblores no pueden ser producto de las crisis de ansiedad que vienen asociadas a la depresión? ¿O un efecto colateral de la medicación psiquiátrica?
– …
– ¿Usted nota que mi madre presente alteraciones de la palabra, de la memoria, de la orientación?
– No.
– Mi madre se atiende con usted, con una psicóloga, con un clínico. ¿No convendría entonces que intentara salir a la calle para distraerse antes que para visitar a un cuarto médico?
– Insisto en la consulta neurológica. Ya se lo dije a su madre.
– ¿Usted sabe que mi madre asistió durante años a mi padre, enfermo de Alzheimer?
– No.
– ¿Usted imagina el efecto que las palabras ‘demencial’ y ‘neurólogo’ pueden provocarle a mi madre, justo en este contexto de depresión?
– Nadie está diciendo que ella vaya a tener Alzheimer.
– El ‘inicio de un proceso demencial’ no es un pronóstico muy alentador, aún cuando anuncie otro tipo de demencia.
– Llévela a un neurólogo para descartar que esta depresión sea la antesala de otra cosa.

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Alzheimer golpea a cuidadora… nueve años después

Nunca imaginé (no quise hacerlo en realidad) que volvería a escribir sobre Alzheimer en tiempo presente y en primera persona del singular. Conscientes del temor latente que la enfermedad de mi padre inoculó en nuestras venas, mi madre y yo decidimos enfrentarlo a partir de una resistencia ininterrumpida que consistía -sigue consistiendo- en reconocerlo en tanto miedo o aprehensión, nada más. En otras palabras, nos esforzamos por evitar que el recuerdo del calvario de Don Bertoni se convirtiera -convierta- en presagio nefasto.

En parte por esto sigo actualizando el presente blog. A través de la palabra escrita, mantengo a raya el miedo alojado en mis entrañas, siento que revierto o reparo lo que el Alzheimer hizo conmigo mientras se ensañó con mi padre.

A poco de conocer el diagnóstico definitivo, Vilma se asumió cuidadora de Luis. Nunca dejó de serlo ni siquiera cuando decidimos institucionalizarlo porque la convivencia en casa se había hecho imposible. Durante los tres años que duró la internación en dos geriátricos, ella fue a visitarlo todos los días. Se quedaba horas. Lo ayudaba a comer. Le hablaba. Le acomodaba la ropa. Lo perfumaba. Lo peinaba. Le acariciaba el cabello, las mejillas, las manos. Soportó con estoicismo que no la reconociera, que la maltratara de palabra, incluso que le pegara.

Sucedió una sola vez… Recuerdo el rostro desencajado de mi vieja tras el puñetazo que le desacomodó los anteojos y le dejó un pómulo hinchado. No se enojó, no se rebeló, no lloró. Se acomodó los lentes y deslizó sus dedos por detrás de los cristales para retener unas lágrimas incipientes.

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La vida de un enfermo de Alzheimer, poca cosa para un fiscal estadounidense

La desorientación espacial puede costarle caro a un enfermo de Alzheimer.

La desorientación espacial puede costarle caro a un enfermo de Alzheimer.

Al poco tiempo de haber fallecido mi padre, varios vecinos se acercaron a mi madre o a mí para preguntarnos qué le había sucedido. Al término de nuestras síntesis, algunos recordaron haberlo visto deambular por el barrio y más de uno dijo haberlo acompañado hasta nuestro domicilio. Por algún motivo, recién entonces nos enteramos de esos episodios o, en otras palabras, nadie nos advirtió en su momento. Tampoco el propio Don Luis, siempre atento -mientras pudo- a minimizar/disimular los indicios de su Alzheimer.

A papá le gustaba levantarse temprano y salir a comprar el pan, “alguna facturita” y lo que mamá necesitara con carácter urgente para preparar el almuerzo y cena de cada día. Estábamos acostumbradas a que demorara en regresar porque siempre se quedaba charlando un rato con “las chicas de la panadería” y con los vecinos que cruzaba en la calle. Acaso por eso no nos dimos cuenta cuando empezó a tardar porque se perdía.

Tiempo atrás, una vecina nos contó cuánto la impresionó verlo empecinado en encontrar su casa en la vereda equivocada. Al parecer, a Don Bertoni le costó mucho entender que su edificio estaba ubicado en la cuadra siguiente.

Recordé todo esto después de conocer la decisión de la Justicia de Georgia, Estados Unidos, de no presentar cargos contra un hombre que mató a un enfermo de Alzheimer porque lo confundió con un asaltante. La noticia fue difundida entre fines de febrero y principios de marzo por el Huffington Post, el New York Times y el británico Daily Mail: los periódicos informaron que Joe Hendrix de 35 años disparó cuatro balazos contra Ronald Westbrook de 72, cuando lo sorprendió intentando ingresar a su casa (la de Hendrix) la madrugada del 27 de noviembre pasado.

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Muerte al Alzheimer

“Muerte al mal de Alzheimer” murmuramos parientes y amigos de enfermos de esta demencia. Aún quienes suscribimos al quinto mandamiento, aún quieres repudiamos el accionar criminal y los homicidios por encargo, aún quienes exigimos la erradicación mundial de la pena capital.

La fantasía admite tres variantes. La reaccionaria apunta a una ejecución rápida producto de un juicio sumario, sin margen para la apelación. La variante mafiosa consiste en la contratación de algún asesino a sueldo que se encargue del asunto con absoluta discreción. La variante más acorde a nuestra cotidianeidad se aferra a la figura legal de la reacción en defensa propia.

Cualquiera sea el escenario, se trata de matar al olvido patológico para que deje de sabotear conductas, robar recuerdos, raptar almas, despojar cuerpos. La inoperancia de la ciencia y la medicina alimenta este delirio de reparación inspirado en cierto reclamo ciudadano contra la inseguridad (esa suerte de variable que los medios de comunicación visibilizan a partir del registro de delitos penales cometidos en un tiempo y espacio específicos).

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