A contramano del exitismo

A veces el exitismo parece una dirección obligatoria. Huyamos.

Cuando el exitismo parece una dirección obligatoria, algunos preferimos caminar en sentido contrario.

En contra de la tendencia periodística a convertir anuncios de laboratorios, síntesis de simposios, declaraciones de científicos en adelantos de avances notables, incluso de una cura inminente, El Día de La Plata publicó antes de ayer esta aproximación al I° Congreso Interdisciplinar ‘Beta amiloide y Alzheimer’ que tuvo lugar en Barcelona entre el 9 y el 11 de julio pasado. Un recorrido por Internet sugiere que éste es el único medio argentino (y uno de los pocos hispanófonos) atento(s) a un encuentro con bastante menos prensa que aquél que la Alzheimer’s Association organizó en Copenhague días después.

Además de transcribir parte de las declaraciones que realizaron algunos expositores del evento, el periódico entrevistó a la neuróloga también platense, Diana Cristalli. La médica resumió de esta manera las principales conclusiones del congreso:

 “(Se trata de cuestiones) que nos venimos planteando varios médicos en los últimos años. En Barcelona quedó claro una vez más que, hasta tanto no encontremos la molécula que desencadena la enfermedad, no vamos a dar con la cura y el Alzheimer tendrá destino de epidemia, como ocurre actualmente, pues el número de enfermos crece en todo el planeta”.

 “En el congreso se habló de plaga pero yo prefiero decir epidemia, básicamente porque plaga da idea de transferencia por contagio y el Alzheimer, se sabe, no se contagia”.

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Ensayos clínicos anti-Alzheimer. Tasa del fracaso en los Estados Unidos

En los Estados Unidos, la tasa de éxito de los ensayos con drogas anti-Alzheimer es del 0.4%

La tasa del fracaso.

“Ensayos farmacológicos contra el Alzheimer: pocos candidatos, fracasos frecuentes” se titula el estudio que el Centro Lou Ruvo de Cleveland y la Escuela de Medicina Osteopática de la Universidad Touro de Nevada publicaron ayer jueves en el sitio Alzheimer’s Research & Therapy. La prensa anglosajona empezó a difundirlo enseguida, con tono más o menos alarmista según el medio: “Fracasa el 99.6 por ciento de las pruebas farmacológicas contra el Alzheimer, dicen los expertos” anunció Fox News; “Baja en los ensayos contra el Alzheimer”, atemperó la BBC.

La síntesis del estudio explica que los investigadores recurrieron al sitio del gobierno de los Estados Unidos Clinical Trials (Ensayos Clínicos) para compilar una base de datos de todos los ensayos farmacológicos realizados entre 2002 y 2012 en ese país. Los ordenaron por patrocinadores, establecimiento donde fueron realizados, mecanismos de acción, duración de las pruebas, cantidad de pacientes requerida, tasa de éxito según grado de avance en las tres fases del test clínico de rigor*.

Esta clasificación reveló que, durante los diez años analizados, se realizaron 413 ensayos con drogas anti-Alzheimer en territorio norteamericano. 124 se quedaron en la fase clínica n° 1; 206 en la fase 2; sólo 83 alcanzaron la fase 3. El 78% fue patrocinado por compañías farmacéuticas. También se constató que Estados Unidos es el país que más ensayos realiza, pero sigue siendo superior la cantidad de ensayos realizados en el resto del mundo.

Los autores del estudio consideraron fallidos aquellos ensayos que no revelaron diferencias entre el accionar de la droga nueva y un placebo, y aquéllos cuyos efectos secundarios son demasiado graves como para continuar. A partir de esta definición, encontraron que -en la misma década seleccionada- la vasta mayoría de las drogas fracasó en alguna de las tres fases del test.

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Mozo, hay una mosca… en este estudio sobre Alzheimer

La mosca Drosophila y los seres humanos tenemos más de la mitad de los genes en común.

A través de su agencia de divulgación, el Instituto Leloir de Buenos Aires difundió el lunes pasado esta breve entrevista al investigador del CONICET que diseñó junto con su equipo una mosca que ayudaría a acortar tiempos en los estudios sobre Alzheimer. “Ver un proceso biológico toma un par de semanas en el insecto, ya que su ciclo de vida es más corto, mientras en el ratón demanda unos seis meses” cuenta. También explica que “la manipulación de los genes de la mosca es más fácil y económica”.

Eduardo Castaño es el nombre de este profesional argentino que además es jefe del Laboratorio de Amiloidosis y Neurodegeneración del mismo Leloir. Su trabajo comenzó tres años atrás, según sugiere esta página de la Alzheimer’s Association de los Estados Unidos.

En aquel entonces la comunidad científica ya trabajaba con moscas Drosophila, también llamadas “de la fruta”. Es más, hace cien años que las estudia -sostiene aquí la británica Alzheimer’s Society- y sigue haciéndolo porque (parece mentira) los seres humanos y estos insectos tenemos un 60% de genes en común.

A diferencia de la mayoría de las moscas modificadas genéticamente para que reproduzcan aspectos del Alzheimer, el modelo nacional (con perdón de la expresión chauvinista) aporta una novedad. De hecho, no presenta altas cantidades de la placa amiloide beta como la mayoría de sus antecesoras, sino que empieza fabricando cantidades bajas como la mayoría de los seres humanos sanos. Esta diferencia sustancial permitiría estudiar mejor una causa hipotética de la enfermedad: el aumento de la mencionada proteína tóxica.

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Antes un mal; ahora una enfermedad. ¿Por una mayor rentabilidad?

Cuando tiempo atrás comentamos el informe anual que la ADI elaboró para el Día Mundial del Alzheimer de 2012, advertimos que “en estos últimos años la expresión ‘mal de…’ ha caído en desuso y en general ha sido reemplazada por ‘enfermedad de…’. En aquel entonces relacionamos el cambio terminológico con la consigna de “no estigmatizar”, que la misma Alzheimer’s Disease International difundió a modo de onceavo mandamiento. Desde esta perspectiva resultaba lógica, incluso piadosa, la decisión de abandonar un vocablo que representa el reverso del Bien, y que en este caso subraya la condición infernal de la experiencia que viven el paciente y su entorno.

Tarde pero seguro hoy compartimos, ya no una interpretación libre, sino una explicación basada en cierta distinción conceptual que la epistemología anglosajona estableció a mediados del siglo XX, y que médicos y científicos siguen discutiendo. Se trata de la -a veces oposición; a veces complementariedad- observada entre los sustantivos ‘disease‘ (enfermedad) e ‘illness‘ (mal).

Internet abunda en textos alusivos, sobre todo escritos en inglés: para encontrarlos, basta con tipear “disease versus illness” en algún buscador y aventurarse entre los muchos contenidos académicos listados. Para quienes se conforman con una síntesis en castellano, transcribimos la expliación que el investigador de la Universidad Autónoma de Entre Ríos Luis María Sánchez de Machado nos mandó semanas atrás por correo electrónico.

Las enfermedades (diseases) se definen a partir de un conjunto de síntomas y signos que se manifiestan sin distinción de etnias, géneros, edades, culturas. Esta sintomatología se torna lógica en el marco de una teoría científica que la explica, y que la visibiliza ante los Estados Nacionales para que éstos encarguen su estudio y tratamiento a la institución médica.

En cambio, cuando no existe tal teoría, estamos frente a una perturbación o mal (illness) cuyos eventuales signos y síntomas carecen de una explicación formal, aún aquéllos que se manifiestan en forma universal, es decir, sin distinciones de etnias, géneros, edades, culturas. Esta ausencia de explicación académica habilita a las comunidades legas en materia médica y científica a abordar la cuestión con los principios de empatía, bondad, cuidado de la vida.

Por este fundamento no es judiciable la acción de curadores y manosantas, del Gauchito Gil, de la Difunta Correa, de la viejita de la esquina que cura el empacho y el mal de amores. Hasta hace no mucho, tampoco era judiciable la acción de los psicólogos.

Para Sánchez de Machado, el recambio terminológico que hace que ahora hablemos de enfermedad de Alzheimer y de Parkinson (por citar los ejemplos más conocidos) responde a intereses económicos. El hecho de que la atención médica se haya convertido en un servicio con fines de lucro cada vez más excluyentes* posibilita que “meras hipótesis con escaso o nulo sostén fáctico sean presentadas como teorías fundamentadas”, sostiene el investigador entrerriano. Luego advierte que este fenómeno ocurre tanto “en congresos organizados en salones especiales donde un costoso servicio de promotoras y catering ameniza la serie de exposiciones presentadas a todo color” como “en los consultorios abiertos al desfile diario de visitadores médicos cuyo ronroneo anuncia la aparición de drogas salvadoras y definitivas”.

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