Flagelo urbano

La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo desliza muy sutilmente, y sin embargo da la sensación de que la hipótesis tiene fundamentos sólidos que ameritan una mayor cobertura. Me refiero a los estudios que analizan la posibilidad de que la vorágine urbana constituya un factor de riesgo para el desarrollo del Alzheimer.

Publicado en el sitio de la OMS, el artículo Alzheimer’s disease: the brain killer es bastante escueto y cauteloso cuando aborda este tópico. No obstante, el párrafo en cuestión desliza algunas preguntas interesantes, dignas de toda la atención de los especialistas. A continuación, la traducción correspondiente.

Investigaciones recientes realizadas en India y África sugieren que el riesgo de contraer Alzheimer sería mayor en zonas urbanas que en áreas rurales. De este supuesto surgen varios interrogantes: ¿cuál es el factor decisivo?, ¿está relacionado con el aumento de la esperanza de vida?, ¿con el estilo de vida?, ¿con la alimentación?

En los últimos años la medicina ha comprobado los efectos nocivos del estrés, patología que los citadinos solemos padecer en mayor o medida. Los medios, por su parte, han difundido información acerca de las consecuencias neurológicas y anímicas que a esta altura son de público conocimiento.

Por si esto fuera poco, quienes tenemos la oportunidad de pasar un tiempo en algún pueblito perdido del interior del país, solemos volver con una o dos anécdotas sobre la notable lucidez que caracteriza a los viejos habitantes de ese lugar, e inmediatamente nos preguntamos si en unos años la gran ciudad nos deparará el mismo afortunado destino. 

¿Será que es momento de, por el bien de nuestra salud, reconsiderar seriamente la idea de abandonar las jaulas de cemento? ¿Será que la ciencia debería dejar de lado ciertas especulaciones infructuosas y dedicarle más tiempo a profundizar las consideraciones sobre la posible relación entre demencia senil y vida metropolitana?

Las preguntas se multiplican; las respuestas son apenas tímidos esbozos. En medio de tanta incertidumbre, el tiempo sigue su curso y los estadistas de las capitales piensan en la replanificación del espacio urbano para albergar a más y más ancianos enfermos.

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