El derecho a la muerte digna, y el ejercicio (más humano) de la medicina

Según la cobertura que Página/12 le dedica hoy a la aprobación de la llamada “ley de Muerte Digna”, los senadores Sonia Escudero, Carlos Reutemann, Roberto Basualdo y Blanca Monllau cuestionaron el punto de la norma que admite la “suspensión de la hidratación y la alimentación del enfermo” porque permite que éste muera “por inanición y deshidratación”. En la misma sesión, su colega Samuel Cabanchik contestó que el texto especifica muy bien que la interrupción sólo es lícita cuando el único objetivo de dicha contención es prolongar un estadio terminal irreversible e incurable.

El intercambio de opiniones en nuestro Congreso de la Nación evoca este viejo post sobre las discusiones de mi pequeña familia con los médicos que atendían a mi padre, a raíz de la imposición de la sonda nasogástrica en la fase final de su enfermedad. Tal como consta en esa redacción, tuvieron que pasar años para que un especialista nos diera la razón… en forma de leve reproche.

Según Noticias 24, el Centro de Bioética, Persona y Familia (cercano a la Iglesia católica) admitió la “licitud de renunciar a ciertos tratamientos desproporcionados con las perspectivas de curación, en casos que la muerte sea inminente e irreversible”, pero insistió en “la obligación de proveer siempre (y jamás suspender) la alimentación y la hidratación”. Tras cartón, el sitio web informa que Holanda y Bélgica legalizaron la eutanasia en 2002 (al parecer fueron los primeros países en hacerlo) y desde entonces avalaron su aplicación “a más de cuatro mil pacientes cada año, principalmente en casos de cáncer y Alzheimer en estado avanzado”.

Choca un poco esta continuidad informativa (discursiva en realidad) entre los conceptos de “muerte digna” y “eutanasia”. Una cosa es inducir o provocar la muerte y otra cosa es, en palabras de la especialista en cuidados paliativos Graciela Jacob, “acompañarla en su curso natural”, cosa que no significa “acortarla ni prolongarla”.

Semanas antes del fallecimiento de mi padre, escribí estas “reflexiones varias” a propósito de los “tan mediáticos” casos de Terri Schiavo y del Papa Juan Pablo II. Me permito transcribir los siguientes dos párrafos:

Cuando pienso en mi viejo, estoy segura de que, si hubiera podido anticipar su interminable agonía, habría solicitado que lo dejaran en paz. Conociéndolo, habría mandado a la mierda a toda la corte de médicos y enfermeras, y se habría escapado a algún lugar tranquilo, probablemente a orillas de un río o mar, y habría sabido esperar (siempre fue un tipo muy paciente) “su” momento.

Pero lamentablemente “su” momento está en manos de otros, y no precisamente de Dios. De hecho, ya no es “su” momento, sino el de quienes se empeñan en sujetarlo, pincharlo, inyectarlo, oxigenarlo, aspirarlo, monitorearlo, forzarlo, invadirlo. Es el momento de quienes, sin la más mínima piedad, pretenden “salvarlo” o “rescatarlo” de un final inexorable. Es el momento de quienes dicen trabajar por la vida cuando, en realidad, la limitan, la cercenan, y la degradan a una patética sobrevida.

Siete años pasaron desde entonces. Sigo pensando y sintiendo igual: sin dudas, el derecho a una muerte digna contribuye a un ejercicio más humano de la medicina.

5 pensamientos en “El derecho a la muerte digna, y el ejercicio (más humano) de la medicina

  1. Maria, esperaba tu comentario. Tuvo que salir una ley para que a los familiares directos no nos miren como si fuesemos hdep por no permitir lo que tan bien expresás en este párrafo que copio:

    “De hecho, ya no es “su” momento, sino el de quienes se empeñan en sujetarlo, pincharlo, inyectarlo, oxigenarlo, aspirarlo, monitorearlo, forzarlo, invadirlo. Es el momento de quienes, sin la más mínima piedad, pretenden “salvarlo” o “rescatarlo” de un final inexorable. Es el momento de quienes dicen trabajar por la vida cuando, en realidad, la limitan, la cercenan, y la degradan a una patética sobrevida“.

  2. Después de leer tu post, no tengo nada que agregar, ya los has dicho todo muy claramente María.

  3. Jorge, Diana, Norma, muchas gracias por sus comentarios. Sin dudas la aprobación de esta ley repara la condena social (sobre todo médica) de la que hemos sido objeto quienes nos resistimos a la imposición de una sobrevida dolorsa e incluso humillante.

    Por eso me siento agradecida a los legisladores que votaron a favor del proyecto de ley, y sobre todo a los familiares que impulsaron la visibilización institucional de un tema tan delicado.

    Saludos a los tres.

  4. Pingback: El discurso reaccionario y la simplificadora negación del sufrimiento (ajeno) « Espectadores

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