No entender

Pocas cosas perturban, mortifican, frustran tanto como no entender. No me refiero a ecuaciones matemáticas o textos complejos que exigen una mayor concentración y el necesario repaso de cifras, variables, conceptos. Me refiero a situaciones más o menos cotidianas, con una exigencia intelectual media o baja.

No entender las indicaciones de un parroquiano cuando nos perdemos en terreno desconocido; no comprender lo que dice el profesor cuando empezamos un curso de idioma extranjero; confundir las indicaciones de los manuales de uso de algún aparatejo electrónico o programa informático nuevo; tardar en asimilar los movimientos de la coreografía rudimentaria que estamos aprendiendo con nuestra profesora de gimnasia. Nada del otro mundo…

La sensación perturbadora, mortificadora, frustrante se debe en parte a que la nuestra es una sociedad poco -a veces nada- paciente con quien no entiende, y por lo tanto con quien pregunta o solicita ayuda más de una vez. “Es un pesado”, “un ente”, “un lelo” son algunas de las expresiones que esquivan el insulto pero que, cuando la persona en cuestión supera los 65 años, suelen apuntar contra la vejez.

“Viejo de mierda” es una exabrupto habitual entre los argentinos. Los jóvenes y no tanto suelen escupirlo contra los mayores que no entienden o tardan en entender: por ejemplo cuando titubean ante un cajero automático, ante un nuevo expendedor de pasajes de colectivo/tren/subte, ante la instrucción de algún familiar, jefe, médico y/o empleado de Pami o ANSES.

Es curioso porque, al menos una vez en la vida, todos experimentamos la incomodidad, vergüenza, enojo que provoca la falta de entendimiento. En general, se trata de un fenómeno circunstancial que podemos rememorar y contar con sentido del humor: no deberíamos magnificarlo ni convertirlo en motivo de maltrato.

La reflexión también es válida para los enfermos de Alzheimer. Basta con imaginar cuán perturbados, mortificados, frustrados, angustiados nos sentiríamos si nuestra dificultad para entender fuera irreversible, y por lo tanto permanente.

5 pensamientos en “No entender

  1. Sra. María Bertoni, aprovecho la oportunidad para agradecerle, sus opiniones tan certeras y equilibradas.-

  2. Maria, tus palabras siempre caen en los momentos justos. Luché tres años seguidos para que la memoria de mamá no se deteriorase más. Ahora está cayendo en picada y la veo ensimismada aunque alrededor de ella otras personas estén conversando, Ya nada le interesa.
    Deberé dejarla tranquila como ella me pide.
    No sé lo que piensa porque cada día charla menos pero seguro que como vos decis por dentro debe sentirse mortificada.

  3. Diana, lamento mucho el avance del Alzheimer en tu mamá.

    Siempre pensé que al menos una pizca de lucidez sobrevive en nuestros seres queridos enfermos, aún en los escalones más bajos del olvido patológico. En parte por eso escribí este post: porque siento que en algún lugar de sus cabezas y de sus corazones perciben (y a su manera resisten) los embates de la humillación que provoca el no recordar, el no entender, el no saber comunicar.

    Con esto en mente, creo que hay que respetarlos cuando piden que los dejemos tranquilos como pide tu mamá. Es difícil (cuesta reducir la exigencia que a veces nos imponemos para mantener a raya la enfermedad) pero me parece que es lo más sano tanto para ellos como para nosotros.

    Un abrazo.

  4. Coincido en lo certero de tus apreciaciones. Cuidando a mi esposa de esta enfermedad, percibo todas estas reflexiones. Protegerla de los “golpes” por no entender, o no ir a la velocidad esperada, es un tarea diaria y desgastante. El Alzheimer te condena al aislamiento porque la marea humana va a otra velocidad que la de tu ser querido. Tiene solución? Difícil. Solo lo entendemos quienes convivimos con esta enfermedad. A veces, como vi en otros comentarios, ni los profesionales especializados saben tratar a un paciente que “no entiende”. Parece una broma cruel.

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