El otro soy yo

Afiche del congreso. Clic para ampliar.

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“El otro soy yo” es el lema del XII Congreso Mundial de Salud Mental y Derechos Humanos que arrancó ayer jueves y se extenderá hasta mañana sábado en la Ciudad de Buenos Aires, específicamente en la sede de la Universidad Popular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. En principio, las ponencias y experiencias presentadas serán tenidas en cuenta a la hora de finalizar la elaboración del Plan Nacional de Salud Mental anunciado en la Ley Nacional de Salud Mental de 2010 y que por fin será presentado el próximo 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental.

Según anuncia la página web del congreso, los adultos mayores son protagonistas de uno de los ejes temáticos principales de discusión: la inclusión. Este sustantivo evoca la consigna que la Alzheimer’s Disease International eligió para la edición 2012 de su informe anual. “Superando el estigma de la demencia” fue la expresión que la ONG británica eligió para definir una “de las mayores barreras que enfrentan las víctimas de demencia y sus cuidadores”.

Un poco al margen del debate sobre la conveniencia de reducir la tendencia a institucionalizar al enfermo mental (debate que la presentación del encuentro porteño describe como central, en sintonía con el contenido de la mencionada Ley N° 26.657), prefiero detenerme en el slogan del congreso. De hecho, este llamado a identificarse con el prójimo resulta interesante porque advierte sobre la necesidad de entender como propio el padecimiento ajeno. Incluso algún lector creyente encontrará cierta reminiscencia cristiana en esta convocatoria.

En el caso del olvido patológico, la consigna es válida para más de un destinatario: para los familiares del paciente enfermo, que recién vislumbramos su sufrimiento cuando aprendemos a imaginarnos con demencia; para los médicos que siguen sin saber cómo lidiar con alguien incapaz de comportarse como corresponde; para las generaciones jóvenes que se resisten a asumir que la vejez también les llegará; para los sanos en general, convencidos de que “esto, a mí, no me va a pasar”.

Los familiares de enfermos de Alzheimer solemos reconocernos como la contraparte sana de nuestro ser querido. Somos la memoria que le falta o que empieza a fallarle. Somos las manos que lo ayudan a preservar y a (volver a) juntar las piezas del rompecabezas que el olvido patológico se empeña en desarmar y extraviar.

Nobleza obliga, tras haber criticado al Ministerio de Salud de la Nación en uno/dos posts, bien vale señalar que esta cartera y la Dirección Nacional de Salud Mental y Adicciones auspician el XII Congreso Mundial de Salud Mental y Derechos Humanos. Como cuando nos referimos al Congreso Internacional sobre Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, hoy también volvemos a apostar a lo mucho que puede (debería) hacer nuestro Estado en la lucha contra el Alzheimer.

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