¿A quién le importa la vida de las moscas?

MA publica el siguiente relato breve, cuyo título original es “Luces y sombras”, y que Julio Santamaría escribió anoche, acaso inspirado en este post sobre el prototipo de mosca Drosophila (o “mosca de la fruta”) que científicos argentinos crearon con la intención de estudiar mejor la génesis del olvido patológico. Además de entrañable amigo de larga data, Julio es director de cine y TV, camarógrafo y profesor de comunicación audiovisual. El vínculo afectivo que nos une y su propia experiencia con seres queridos enfermos de Alzheimer lo convirtieron en lector frecuente -hoy en autor- de este blog.

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La mosca Drosophila, portada de la revista Science.

La mosca Drosophila, portada de la revista Science.

Mi relación con Internet puedo decir que es reciente, en especial cuando tengo en cuenta mi año de nacimiento. No obstante leo algunos artículos entre los muchos que llegan a mi correo, a veces sencillamente absurdos, cuando no faltos de fundamento. No me refiero a los triviales -como peleas entre figuras del espectáculo o tonterías semejantes- sino a los que tienen bases científicas creíbles o al menos investigables a través de la Red.

Si bien soy extremadamente cuidadoso con la llamada ‘divulgación científica’, muchas veces próxima a la ciencia ficción, no dejo de prestarles atención a las reiteradas coberturas sobre los distintos aspectos de la memoria humana. Entonces siento que mi preocupación por el tema deja de ser una obsesión personal para adquirir valor universal. Esto no aplaca mi temor por aquello de Perogrullo: si le ocurre a muchos, ha de ser inevitable o mal de muchos, etc… Muy por el contrario, el miedo aumenta cuando los hechos lo ratifican.

Por razones profesionales contacté a una profesora con la que años atrás realicé un programa de televisión sobre conocimiento científico para la Universidad de Buenos Aires. Hacía tiempo, mucho, demasiado quizá, que le había perdido el rastro.

Una vieja agenda me proporcionó su teléfono. Hablé con ella; de inmediato me reconoció y marcamos una cita en su domicilio. Días después nos reencontramos. Me alegró verla tal cual la recordaba, cosa no tan común cuando pasan veinte años.

Días antes leo un artículo interesantísimo sobre un trabajo que científicos argentinos realizaron con ejemplares de una mosca llamada ‘Drosophila’, que es una variedad genéticamente modificada. Con atención me interno en la teoría de que su cerebro tiene un gran parecido al de nuestra especie y eso permite, dada su corta vida, experimentar sobre las mutaciones que generación tras generación sufrieron sus genes. Los cerebros de estas moscas contienen una muy estimable cantidad de proteínas tóxicas identificadas con las que en los seres humanos producen la enfermedad de Alzheimer.

Pensé: “¿a quién le importa la vida de las moscas, si nos pasamos tratando de matarlas con todo tipo de venenos en aerosol ahora y en fliteros durante mi infancia?”. El caso es que estos estudios servirán para conocer más sobre una enfermedad neurodegenerativa terrible, que nos puede transformar en entes hostiles e intratables aún para con nuestros seres más queridos.

Marcado por experiencias cercanas, me quedo pensando en esto. Aparecen el Doctor Jeckil y Mister Hyde, la visión anticipatoria de aquella novela de Robert L. Stevenson, tantas veces llevada al cine con dispar suerte. Tal vez la historia se cruce con otro doctor, el Víctor Frankenstein de Mary Shelley, y con la tormenta eléctrica que posibilitó devolverle la vida a un ser reconstituido.

Al poco tiempo de llegar al departamento de mi amiga, suena su teléfono y se interrumpe nuestro diálogo inicial que versa sobre las cosas que uno quiere saber del otro después de tanto tiempo. Ella dice que estoy igual (no es cierto pero vale) antes de contar que se quebró la cadera seis meses atrás.

Es cierto que presenta sólo una pequeñísima inestabilidad en su andar pero, si no hubiera mencionado el hecho, no me habría percatado. Al contrario, me impresionan la lozanía de su rostro, el color que recordaba de su cabello (aunque mi interlocutora mencione sus pocas canas), todas cuestiones que atribuyó a la cruza de los genes de sus padres.

La experiencia con las moscas aparece en mi memoria y no entiendo cómo se filtra, pero así sucede. Sigo escuchando y tratando de que la entrevista cumpla con su cometido. El caso es que estos insectos modificados, las moscas Drosophila, reproducen la proteína que genera el mal tan temido en una proporción infinítamente menor. Estudiar este fenómeno permite seguir la evolución patológica hasta aislarla en un futuro.

Como de ciencia ficción, pero verdadero, útil, real… Claro que no ahora porque esto recién comienza, pero lo importante es que la cosa está en marcha… Quince mil proteínas deben ser identificadas, así como encontrada la manera de anular su efecto nocivo. Esta proteína que todos tenemos se llama ‘amiloide beta’: cuanto mayor es la cantidad, más propensos estamos a contraer la enfermedad.

Trato de seguir la conversación y de ser coherente con mi amiga. A los pocos minutos de entrar en tema, ella repite que no tiene los datos específicos que le solicito porque residía en La Plata en esa época y que allí tenía sus cátedras y relaciones más cercanas. Entonces pregunto por algo trivial sobre sus nietas mellizas, y la conversación gira unos instantes en ese sentido.

Vuelve a sonar el teléfono. La académica me hace saber que es su hija que está engripada, que vive en el departamento contiguo, que le recuerda tomar una medicación, y que de paso me manda saludos. Sigo proponiéndole algún nombre que pueda facilitarme la información que busco. Duda un instante y repite que ella no estaba en ese tiempo en la capital y vuelve a referirme su residencia y militancia platenses.

Las moscas modificadas son sólo un paso, un primer e importante paso para acortar tiempos en la manipulación de genes y reducir costos. Luego habría que continuar las tareas en ratas y ratones, ya que sería imposible pasar de las moscas a la experiencia con fármacos en humanos. Me parece imposible que mi cerebro mezcle esta información con el presente de la entrevista y, a su vez, la imagen física de mi querida amiga me niega -o mejor, yo mismo me niego a ver- su deterioro mental más que evidente.

En medio de la nebulosa, mi amiga sugiere pedir algo para cenar. Acepto, le muestro la botella de vino que traje y le sugiero compartir gastos, cosa que rechaza rotundamente.

El teléfono vuelve a sonar insistente. La académica me informa que es su hija nuevamente para recordarle que tome la medicación. Agrega algo así como: “se le ha puesto que me olvido, pero yo tomo todo lo que tengo que tomar hace años y lo que me han agregado últimamente, ni sé para qué”. Pienso en un escaneo cerebral, en una resonancia magnética que permita anticipar, prevenir o cuanto menos atenuar el daño sobre la memoria humana, memoria que es parte constitutiva de la persona, ya que nada somos sin esta capacidad vital.

La entrevista se extiende más allá de la cena y no sé cómo terminarla, cómo salir de la angustia de ver a una persona que conocí en la plenitud de su inteligencia, cuando era un cuadro importante del conocimiento científico nacional. Mi amiga me refiere que está jubilada hace tiempo, pero que sigue dando clases en la universidad platense hasta éste, su último año, en que abandonará por un montón de etcéteras sin importancia, en definitiva porque está muy agotada. Luego menciona un nombre del que no recuerda ni dirección ni teléfono (tampoco los encuentra cuando revisa viejas agendas) pero sí una ubicación geográfica real de su vivienda.

De regreso a casa en mi automóvil por la avenida Santa Fe, un bocinazo me indica que el semáforo está dándome paso. Tardo en reaccionar, inmerso en el caleidoscopio cuyos cristales y luces produce mi memoria mientras trata de fijar en tiempo y espacio a quien dejé minutos atrás en estado de indefensión frente al caos que las proteínas tóxicas producen en su cerebro.

Sigo sin poder creer que aquella hermosa mujer que se veía espléndida a pesar de sus años (que no delataré) comenzó un camino sin retorno hacia las tinieblas de la desmemoria. Lamentablemente las moscas, los escaneos y los ratones ya no tienen sentido para ella.

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2 pensamientos en “¿A quién le importa la vida de las moscas?

  1. Muchas veces ante un hecho determinado vienen a nuestra mente olores, colores, anécdotas y en este caso una lectura de un artículo que llegó por internet.

    De lo que podés estar segura María y es que Julio Santamaría no estaba “papando moscas” cuando leyó el artículo de divulgación científica. 🙂

  2. Así es, Diana… Y además Julio encontró una manera muy original de (volver a) explicar el interés de los prototipos transgénicos de las moscas Drosophila en las investigaciones sobre el origen del Alzheimer.

    Qué bueno reencontrarte en MA. Te mando un abrazo.

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