Ocurrente aporte a la visibilidad cinematográfica de las demencias. Ojalá…

En 'La muerte de la luz', Nicolas Cage encarna a un agente de la CIA que combate el terrorismo y una demencia frontotemporal.

En ‘La muerte de la luz’, Nicolas Cage encarna a un agente de la CIA que combate el terrorismo y, por si fuera poco, una demencia frontotemporal.

Para los medios norteamericanos, Dying of the light es noticia por el escandalete que salió a la luz tras la presentación del primer trailer. En pocas palabras, la productora Grindstone empezó a promocionar la película como una obra de Paul Schrader (autor de la famosa Taxi driver) cuando en realidad el director abandonó el proyecto luego de que la compañía le impidiera editar el largometraje a sus anchas.

Mientras Schrader acusa a los productores de haber desvirtuado la ficción que él mismo escribió y filmó, la productora sostiene que el contrato la autoriza a meter mano en cualquiera instancia de producción, y a promocionar el producto final como mejor le parezca. El escandalete adquirió proporciones considerables porque los actores a cargo de los roles protagónicos -Nicolas Cage y Anton Yelchin- se solidarizaron con el indignado cineasta.

En cambio, la promoción de Dying of the light (cuyo estreno en los Estados Unidos está previsto para diciembre próximo) llamó la atención de quien suscribe por otra razón: el personaje principal es un agente veterano de la CIA que combate dos enemigos a la vez: un terrorista de la envergadura de Osama Bin Laden… y la demencia que acaban de diagnosticarle.

El trailer adelanta indicios de la enfermedad: una mano temblorosa, el temor de los jefes de que el susodicho Evan Lake esté persiguiendo “a un criminal que tal vez ni siquiera exista”; el momento del anuncio del diagnóstico médico.

“¿Cómo es la cosa? ¿Estaré muerto en ocho años?” pregunta con bronca Lake/Cage (nótese la rima entre apellidos). Enfrentado a una pantalla con imágenes cerebrales de una tomografía computada, el neurólogo le responde que “la demencia frontotemporal es mucho más agresiva que eso”.

Según Wikipedia, la DFT es un “síndrome clínico causado por la degeneración del lóbulo frontal del cerebro humano, que puede extenderse al lóbulo temporal”. Se trata de la “segunda causa más común de demencia precoz después del Alzheimer”.

La Clínica Mayo, por su parte, identifica tres grandes grupos de síntomas: 1) conductual (desinhibición, ejecución de acciones inapropiadas, pérdida de capacidades cognitivas, apatía, conductas compulsivas -incluso en el plano de la alimentación-, escasa higiene personal); 2) discursivo (crecientes dificultades en la expresión oral y escrita); 3) cinético (debilidad muscular, temblores, espasmos, problemas de coordinación de movimientos similares a los que provoca el Parkinson).

Por éstos y otros contenidos disponibles en Internet cabe suponer que, a diferencia del Alzheimer, la demencia frontotemporal rara vez afecta la memoria. A su vez, la misma Wikipedia señala que “sólo un 2% de los pacientes con DFT padece delirios, en ocasiones paranoides”.

Las definiciones online de la enfermedad atentan contra la verosimilitud del argumento de Dying of the light (algo así como La muerte de la luz). Dicho de otro modo, vuelve todavía más insostenible la ocurrencia de que alguien con demencia frontotemporal sea capaz de hacer lo que Lake en el trailer de la discordia: investigar a un criminal, mantener discusiones filosas con los superiores, relacionar información digitalizada, simular otra identidad, saltar de un barco, conducir autos a gran velocidad, correr armado, eventualmente disparar.

Con suerte el trailer es una carnada engañosa. Nos hace creer que ésta es una película de acción convencional cuando en realidad se atreve a abordar un caso representativo de ese porcentaje minoritario de pacientes con DFT que padecen delirios paranoides. De ser así, el reparo de los jefes sería un indicio de que, efectivamente, ésta es la crónica de una lucha desigual contra la demencia (contra un tipo de demencia, en realidad) y otra -absolutamente infructuosa- contra el terrorismo.

Ojalá fuera así. Entonces, en lugar de iniciarse acciones legales, Schrader y Grindstone deberían celebrar su aporte a la visibilización de una terrible -y poco conocida- enfermedad.

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