El adiós reconciliador

Pintura de Shannah Bruschi. Clic en la imagen para ampliarla.

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Hoy cuento diez años desde el fallecimiento de mi papá. No quiero entristecerme ni entristecer a nadie. En cambio sí quiero escribir, acaso a modo de consuelo, que la Parca -a diferencia del Alzheimer- fue piadosa con él.  No le provocó ningún tipo de sufrimiento: ni mental, ni anímico, ni físico.

Después de otra internación sin sentido (la última de tantas), los médicos suspendieron el tratamiento farmacológico y recomendaron trasladarlo a su lugar de residencia. Indicaron la colocación de una vía endovenosa para garantizar la hidratación y nos adelantaron que “el paciente” iría “apagándose de a poco” (ay, los médicos y esa costumbre de equiparar el ser humano a una máquina…).

En lugar de “apagarlo” o “desconectarlo”, la Muerte lo arropó en un sueño apacible cada vez más profundo. De esta manera, también fue piadosa con nosotras -con mi madre y conmigo- porque nos mostró a Don Luis sereno y a salvo.

Al menos yo tuve la sensación de que podía escucharnos. Por eso, la noche anterior, antes de volver a mi casa, le susurré al oído que lo quería mucho, que podía partir tranquilo, que nosotras íbamos a estar bien. A la mañana siguiente me llamaron por teléfono desde el geriátrico para anunciarme su deceso. La Parca me había permitido lo que la enfermedad me negó: despedirme.

[En este punto, vale aclarar que las demencias nos arrebatan a nuestros seres queridos bastante antes que la Muerte…]

El Alzheimer irrumpió en nuestras vidas cuando mi padre y yo estábamos distanciados. Y aunque nos acercó físicamente (porque aumentó la frecuencia de mis visitas), la insania profundizó el desencuentro. Los cambios de humor, las dificultades de comunicación, los olvidos progresivos impidieron la reconciliación que, seguro, se habría producido en circunstancias normales, es decir, libres de enfermedad.

Es cierto que apareció la sensación de reconocimiento epidérmico, y que durante un tiempo -muy breve- me convertí en su niña de siete, seis, cinco años. Pero la demencia siguió avanzando y borrando cada vez más recuerdos. Pronto llegó el día en que mi condición de hija se esfumó con todo lo demás.

La noche anterior a llevarlo consigo, la Parca rescató a Don Luis de las garras del Alzheimer y nos regaló un momentito a solas, corazón a corazón. Por eso pude hablar con mi padre, besarle la frente, prometerle que estaríamos bien…

Diez años después, aquel adiós susurrado se revela reconciliador.

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13 pensamientos en “El adiós reconciliador

  1. Un abrazo enorme para vos mi querida Lalie. gracias por permitirme saber lo que aquí relatás desde lo más profundo de tu maravilloso ser. Me alegra saber que pudiste despedirte de ese tipo -que en sus cabales- era maravilloso, gran amigo y estupendo anfitrión junto a tu madre. Gracias por el recuerdo, gracias por estas lágrimas que no puedo evitar y me hacen tanto bien. Te quiero mucho chiquita, María-Lalie Bertoni.-

  2. Gracias a vos, Julio, por tantos años de amistad incondicional. Mi viejo los quería mucho a vos y a Adri. Mamá y yo también. Siempre los sentimos (conjugo este verbo en tiempo pasado y tiempo presente) bien cerca. Gracias por eso. Gracias por todo.
    Yo también te quiero mucho.

  3. María, tus palabras me conmueven mucho. Todavía conservo mi condición de hija pero cada día se le borran más recuerdos.😦

    Gracias por tus letras que tan bien transmiten pesares y sentires.

  4. Querida Diana, gracias a vos por tus palabras y la compañía constante. No olvides que la memoria se muda de la cabeza a la piel: es lo que llamo la “memoria epidérmica”. Los recuerdos que el Alzheimer parece borrar en tu mamá no desaparecen; se trasladan a otra parte de su cuerpo.
    Te mando un abrazo grande.

  5. Conmovedor relato, María. Se siente tan cerca, porque todos estamos sensibilizados con este mismo pesar. Un beso

  6. Cuanta razón tenes María. Me gustó mucho tu comentario. Yo estoy viviendo una situación similar con mi mami querida. Día a día veo como está maldita enfermedad me la quita un poquito. Está dejando de ser ella, ello me produce una profunda tristeza. Ruego a Dios que se encuentre un tratamiento, al menos para que frene la enfermedad. Cariños

  7. Gracias, lo necesito mucho en este momento. Ya que recién comienzo a transitar junto a mi madre ese incierto y triste camino. Un abrazo.

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