Anteojeras amiloideas

La investigación sobre Alzheimer tendrá más chance de avanzar cuando los científicos decidan quitarse las anteojeras amiloides.

La investigación sobre Alzheimer tendrá más chance de avanzar cuando los científicos decidan quitarse las anteojeras amiloides.

El National Advisory Council on Aging de los Estados Unidos (Consejo Nacional de Asesoramiento sobre Tercera Edad que responde al Departamento de Salud de ese país) tratará entre el martes y miércoles próximos las recomendaciones que los Institutos Nacionales de la Salud (National Institutes of Health en inglés) presentaron a principio de mayo con la intención de ajustar el rumbo de la investigación científica en torno al Alzheimer. Las sugerencias fueron elaboradas en el transcurso de una cumbre que tuvo lugar el 9 y 10 de febrero pasado en Bethesda, Maryland, y cuyo título incluyó el adelanto “Pistas hacia el tratamiento y la prevención“.

Impresiona un poco que a esta altura del partido una entidad como los NIH (siglas acordes al idioma original) se refiera a la necesidad de precisar el rumbo y utilice el sustantivo pistas. Otra vez, los familiares de personas con Alzheimer sentimos que la academia, los laboratorios, los Estados siguen sin comprender el olvido patológico de manera cabal y por lo tanto sin saber combatirlo, detenerlo, eventualmente revertirlo o curarlo.

Las recomendaciones se dividen en seis “sesiones”, cuyos títulos traducidos figuran a continuación: 1) Investigación interdisciplinaria para entender la etiología heterogénea y multifactorial de la enfermedad; 2) Transformando el desarrollo de terapias anti-Alzheimer: desde las metas hasta los ensayos; 3) Nuevas estrategias de prevención; 4) Mejorando el monitoreo, la evaluación y el cuidado del enfermo; 5) Empoderando pacientes y comprometiendo ciudadanos; 6) Alentando la conformación de sociedades a favor de una innovación abierta.

El artículo que presentó estas sugerencias el 1° de mayo reconoce la necesidad de que “nuevos enfoques científicos” contribuyan a reducir la envergadura de las “lagunas críticas de conocimiento” y “aprovechen las nuevas tenologías para acelerar los tratamientos destinados a pacientes que transitan las distintas etapas de la enfermedad”. De nuevo, los familiares pegamos un respingo ante la expresión “lagunas críticas” y ante la idea de mejorar tratamientos para todas las etapas de la enfermedad.

En buen criollo, los autores del texto institucional reconocen dificultades en cada estadío que caracteriza al Alzheimer así como los baches de ignorancia que atentan contra el avance de la investigación. Por si este pronunciamiento descorazonara poco, la Public Radio International de los Estados Unidos replicó el lunes pasado un artículo publicado originalmente en Sciencie Friday y titulado “¿Nos equivocamos completamente cuando explicamos el Alzheimer? Este hombre dice que sí“.

La interesante semblanza sobre Allen Roses, profesor de neurología en la Universidad de Duke, incluye un repaso de la historia de la investigación reciente sobre Alzheimer en USA. Según la autora del texto, Turna Ray, el protagonismo acordado a la placa amiloide arrancó en los años ’70 cuando los Institutos Nacionales de la Salud fundaron el Instituto Nacional de la Tercera Edad (National Institute on Aging en inglés; de ahí la sigla NIA), de donde provienen muchos de los primeros estudios que advirtieron que el exceso de proteinas beta-amiloide y tau en el cerebro provocan placas y redes con aparente alto grado de toxicidad para las neuronas.

En un paper de 1984, George Glenner describió la estructura de la proteina beta-amiloide. El trabajo llamó la atención de biólogos y genetistas, y se convirtió en piedra fundamental “de la historia [moderna] de esta hipótesis”, sostiene Zaven Khachaturian, recordado como “padre de la investigación en torno al Alzheimer” al menos en los Estados Unidos) y por su trabajo en el mencionado NIA.

Este especialista cuenta que “se esforzó de manera consciente” por crear un programa de investigación equilibrado en el Instituto Nacional de la Tercera Edad, un programa que admitiera las distintas perspectivas de análisis del olvido patológico. Sin embargo la hipótesis amiloidea fue la que obtuvo más atención y financiación. Cuenta Khachaturian que quienes escribían para las publicaciones internas en el NIH y para las revistas médicas fueron convenciéndose de que las proteinas amiloide y tau encarnaban un rol protagónico en la historia del Alzheimer. “A medida que estos autores empezaron a desacreditar todo lo demás, fue gestándose una corriente ortodoxa que le puso anteojeras a la ciencia y  le impidió identificar otras variables”.

Aunque perdió pie en el último tiempo (tras décadas de investigación, los científicos siguen sin comprender el rol de la proteina amiloide en los cerebros enfermos y sanos), esta hipótesis sigue apareciendo en la mayoría de las ponencias sobre Alzheimer. Según Khachaturian, esta apuesta se convirtió en parte de una tradición de investigación: “el credo amiloide es obligatorio y -fenómeno desafortunado- los investigadores sienten que deben rendirle tributo si quieren ver sus papers reseñados y aceptados”.

El martes y miércoles próximos, habrá que cruzar los dedos por que el Consejo Nacional de Asesoramiento sobre Tercera Edad apruebe las recomendaciones que los Institutos Nacionales de la Salud presentaron el 1º de mayo. Si esto sucede, entonces hay chances de que la comunidad científica norteamericana empiece a encarar la lucha contra el Alzheimer sin anteojeras amiloideas.

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